En la revista The New England Journal of Medicine, el 17 de septiembre de 2002, se publicó un informe que sostenía que a pesar de que ningún estudio específico comprobó que la fatiga haya sido la causante de daño sobre un paciente, el 41 por ciento de los residentes estadounidenses asegura que cometió errores. 

Anabela Cecchi, residente de fonoaudiología, de 29 años, camina, apresurada, por los pasillos del hospital Argerich. Además de atender los consultorios externos, se encarga de las interconsultas y recorre las salas de internación, tarea que, según aclara, no les corresponde, pero que hace “por una cuestión ética”. 

Para ella no es fácil seguir ese ritmo diariamente. “Si preguntás, te vas a dar cuenta de que, al menos en nuestro servicio, los residentes tenemos gastritis, problemas de colon o se nos cae el pelo”, comenta. 

A las 13, en un corredor del servicio de clínica médica, algunos residentes tratan de calmar a una compañera que estuvo de guardia y que no pudo soportar la presión de estar lúcida y brindar una atención adecuada. 

Rodrigo, un miembro de ese grupo, admite que no es fácil trabajar tantas horas seguidas. “En una guardia, a las 8, me pinché con una jeringa después de haberle sacado sangre a un enfermo de hepatitis C. Tuve que hacerme estudios durante meses”, recuerda. El joven médico sostiene que además de la salud de los residentes, está en juego la de los pacientes

“¿Si los residentes somos el motor de los hospitales? No sé, pero fijate, ahora que ya cerró el «elefante» [como llama al edificio] los que quedamos somos casi todos residentes”, cuenta Guillermo, a las 13, mientras camina por el patio del Rivadavia y sigue con la mirada cada uno de los pabellones. Con sus ojos achinados rodeados por ojeras pronunciadas, mira el reloj: hace 30 horas que está en el hospital y todavía le restan otras cuatro para irse a su casa. 

Por Jesica Bossi  | Redacción de LA NACION

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